Por Victoria Vaccaro, Emilio Carbone e Iñaki Martinez Medrano
Al margen del periodismo tradicional, de la opinión pública y las buenas costumbres, Enrique Symns y un montón de freaks escribieron una revista para locos, criminales, marginados e indeseables. Un repaso por la Cerdos y Peces y su batalla contracultural.
Es casi abril del '84, y en la Ciudad de Buenos Aires la libertad se eleva como un globo; todavía no explota, pero falta poco. Entre el olor a tabaco barato y el cenicero de Enrique Symns, páginas y páginas de notas sin revisar: una batalla campal entre punks y policías; el olor a cloaca de un adicto a la morfina; tiras cómicas de alienígenas desnudos y jipis con súper poderes. Enrique fuma, ríe y tose mientras esculpe (escupe) el primer número de Cerdos y Peces. Dando la espalda al terror de la última dictadura militar y al silencio insoportable del "cuarto poder", la revista se planta del lado de los freaks, los enfermos, los delincuentes y los perseguidos. De Néstor Perlongher al Indio Solari, la escribieron periodistas exiliados, personajes de mentira y estrellas de rock. Es la huella de un sitio inmundo, una obra insensata que se llevó el libertinaje a la cabeza como un revólver. Es contra-periodismo, es contracultura, y es contra todo.
Cerdos y Peces empezó como un suplemento de otra revista, El Porteño, fundada por Gabriel Levinas en 1982 y que permite rastrear importantes transformaciones de la sociedad argentina hacia la posdictadura: la tematización de los crímenes cometidos por el Estado, de la cuestión indígena, de la cultura rock y de las formas de sexualidad disidentes. Por aquél entonces el escritor, periodista y actor de teatro Enrique Symns volvía a Buenos Aires tras vivir varios años en España, Países Bajos y Brasil, y en 1983 le pidió a Levinas un espacio para poner a prueba sus influencias. El resultado fue literalmente explosivo: apenas se publicó el primer suplemento de Symns, titulado "¿Legalizar la Marihuana?", dos kilos de Trotyl estallaron en la redacción de El Porteño en la calle Cochabamba. Sin matar a nadie, el atentado no impidió la continuación de Cerdos y Peces, que un año más tarde fundaría su propia revista.
El nombre surge del oráculo chino “I Ching”, que arrojó a Symns la figura de los cerdos y los peces como animales imposibles de domesticar, pertenecientes a lo más bajo, a lo más ordinario de la creación. Le pareció que esa era su audiencia: delincuentes, prostitutas, pobres, homosexuales, los aún marginados en la construcción democrática del alfonsinismo, del Nunca Más y de una calle que todavía no era para todos. Cerdos y Peces le habla a quienes caminan por el barro sin botas de hule.
Desde el vamos, la revista propone otro modo de ver la sociedad argentina de los años ochenta. Su posición es contraria, contestataria y desobediente. La primera vez que aterrizó en los kioscos porteños, lo hizo con un llamamiento a sacarse las etiquetas: "Nuestra sociedad yace sepultada bajo los rótulos con los que una sociedad autoritaria pretende reprimir y contener experiencias que, supuestamente, desestructuran el orden comunitario". Despotricando contra los psiquiatras, los jueces, los sacerdotes y los "payasos de la cultura", aquel texto editorial de Symns es solo la primera línea de una carta abierta a las instituciones opresivas del siglo XX.
Juventud, divino tesoro. La tapa del primer número de la Cerdos muestra a un jóven de cresta, campera de cuero y collar con tachas, el uniforme clásico de los punks. Su figura y ceño fruncido representan el descontento de quienes no encajan (o no quieren encajar) en el nuevo paradigma social. Encarna el desencanto y la bronca, invita a pelear. A la derecha del rostro, la revista subtitula: PUNKS HEAVYS: HIJOS DE LA VIOLENCIA. Su respectiva nota está en la página 20 y explica al detalle las mañas de estos energúmenos que “arruinan los recitales, afean las calles, descubren la mugre. Son una minoría que, en democracia, comenzó a actuar públicamente. Como no parece muy interesante escucharlos o comprenderlos, se los persigue y se los arresta”. Luego, en Matadero-Borda, se denuncia al Hospital Borda por funcionar como un tacho de basura de la sociedad a donde van a parar jóvenes incomprendidos, rebeldes y enfermos mentales; sólo para ser maltratados, sedados y abusados. En Drogas: venenos para volar, se alerta sobre el punitivismo con el que se trata a los consumidores, al tiempo que se defienden las sustancias alucinógenas como una forma de abrir la mente. Así, en clara oposición a la condescendencia con que los diarios hegemónicos representaban a las autoridades durante la dictadura, Cerdos y Peces no deja pasar una oportunidad para sacarles la careta.
Agustina Paz Frontera es periodista, escritora y productora audiovisual. En 2016 estrenó un documental sobre Cerdos y Peces: “Este sitio inmundo”, acompañado por entrevistas a un histórico lector de la revista, Hugo de la Paz, y a su mítico director Enrique Symns. Para ella, el estilo de la Cerdos está marcado por una fuerte utilización de recursos literarios, construcción de distopías y coqueteos con lo inverosímil: “escribir con heterónomos, construir un periodista de ficción, construir un entrevistado de ficción, para llegar al argumento de un científico imaginario que te va a argumentar algo que vos crees pero necesitas que alguien con jerarquía te lo diga. Todo eso es espectacular”. Pero lejos de caer en la sátira pura, la publicación siempre pone su otra mejilla responsable, comprometida a develar lo injusto. Por ejemplo, en la última página de la primera edición se lee una denuncia contra la averiguación de antecedentes, forma canónica que capacitaba a las fuerzas policiales a detener a cualquier ciudadano en cualquier circunstancia, para exigirle documentos y arrestarlo durante 24 o 48 horas. Según Frontera, la Cerdos es quizás el mejor exponente argentino de esta amalgama entre rebeldes y causas, siempre atravesada por el desborde: “Mucha gente se refiere a la transición democrática como un momento de libertad increíble. La noche, el desenfreno, el éxtasis, la experimentación con sustancias, con la sexualidad, con la escritura misma y con el arte. Todo eso es la Cerdos”.
La revista ofició de vocera y defensora de personas a las que la democracia y el reconocimiento de derechos y libertades civiles no les había llegado; aquellos a los que se los seguía deteniendo, interrogando y encerrando sin motivo aparente más que su condición de inadaptados sociales. Pero además significó un fuerte alivio para sus escritores, muchos también del lado marginal de la calle. Frontera afirma que “era un espacio de pertenencia, escribir ahí se volvía algo identitario. Muchísima gente que escribió en la Cerdos, aunque fuera un solo número, te lo cuenta como una de las cosas más importantes de su carrera. Quizás hoy en día, cuando uno piensa en hacer una revista piensa principalmente en cómo sacarle guita. Ellos no, pero aún así funcionaba.”
Freaks, feos, locos e indeseables. Si el futuro no había llegado para esas personas, la Cerdos y Peces intentó escribirles uno. La revista inventó nuevas formas de combate contra un periodismo defensor del status quo. Levantó la bandera de causas y grupos que nunca habían sido defendidos por el cuarto poder. Mezcló la prosa informativa con recursos poéticos. Le dio rienda suelta a periodistas, escritores y dibujantes para que exploten su potencial creativo. Tras compartir charlas, historias y algunos insultos con Symns, Frontera lamenta que su legado sea cada vez más difuso: “Hoy está todo mercantilizado, atravesado por la jactancia, la exposición, la imágen. No veo más esa cosa arriesgada, incluso en términos legales, del cuerpo y la libertad, traducida en un proyecto cultural. Quizás esté en algunas experiencias artísticas, muy laterales, las que no se premian en los museos. No sé donde está, pero en el periodismo seguro que no”. O quizás su legado sea el de la incertidumbre, la pregunta por dónde están los peces en un estanque lleno de mugre. Tal como cierra el editorial de Symns en aquella edición del ‘84: “No importa el papel que les haya tocado en esta obra insensata; los hombres sabios y humildes, estén donde estén, van tejiendo la invisible red de un nuevo intento por compartir este mundo sin emparcelarlo ni dañarlo”.
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