martes, 1 de junio de 2021

ODIO QUE LOS OBJETOS ME HABLEN

Más veces que nunca me olvido de almorzar. El ramo de rosas en el jarrón de la esquina me pide que lo ahorque y lo coma. La heladera se angustia. 

Odio que los objetos me hablen.


Me lavo el pelo con suspiros para no arruinarme las uñas pintadas de verde. Ella sabe charlarle a su estómago para que no grite tan seguido. Le escribe cartas: sin errores ortográficos.


En el taxi la lengua me baila entre las muelas y me chupo los pedacitos de vidrio entre los dientes para que sangren. Contra la calle negra la aguja de mi taco revienta grietas. Las vuelve agujeros, finos y exactos, donde hormigas huérfanas arman una casa. 

Amo que los objetos me hablen.


Un viento sucio me tapa los oídos. Se enfría el piso de cerámica. Erré pensando que el labial me iba a durar todo el día. Para qué quiero un renglón si lo que digo no tiene línea. 


El revés de tu puerta no tiene marcas, ni siquiera un cartel trucho de bazar barato. Cuando el sol me quemo vos estabas yendo para aeroparque. 

Azafata de destino múltiple, ¿cuánto rechazó le tenes al suelo? 


Apagué el velador demasiado temprano. Una moto estacionada en la entrada me pego un cachetazo. La cicatriz tiene la forma de un rayo.

Y yo que estoy tan deshecha que la curva se convirtió en esfera. Siempre quise un espejo vacío. Mi mama los tapaba todos. 


¿Es verdad eso de que el mar se agranda llegando al horizonte? No veo más allá de mis pies clavados en la arena que me tensa los zapatos. El cordón se hunde y no lo encuentro ¡Me llama! Me pide que lo                                                                                

                                                                     l i b e r e


¿Acaso soy una tonta por resurgir de la pelusa más gris, del tomate más podrido?

Cuando la pulga pique en mi colchón el fuego me derretirá los pulmones.  


La golosina de tu infancia es como una boda sin tortas ni flores. 


miércoles, 14 de abril de 2021

Ceremonia Secreta

Tomábamos  ron con coca barato en un bar escondido en una galería. El único en el que nos permitían tomar alcohol. Ellos reían y contaban anécdotas del entrenamiento de rugby. Yo, la única mujer entre esa marea de camisas a cuadros, tomaba de la pajita y aprovechaba para mirarles a cada uno bien la cara. Paraba en la del muchacho que me gustaba, siempre vibraba por alguna y cada noche era uno distinto entonces nunca me molestaba en hacer un lance. Usaba un pintalabios violeta  del que ahora me daría vergüenza verselo a alguien mas y me sentía una cuarentona recien divorciada cazando a un ciervo asustado. Mis ojos se dispersaron entre el alcohol y los carteles neón que iluminaban pobremente al sucucho. Cada tanto levantaba la cabeza ante algún comentario cómplice que me hacían mis amigos cuando mi celular sonó y mi vista se mantuvo hacia abajo, contenida, hipnotizada por el brillo de mi celular.

  • ¿Vamos para tu casa?

Leía el mensaje. Con media sonrisa levanté rápidamente la cabeza y encontré sus ojos. Su mirada me devolvió la pauta de que no era un juego. El que yo había elegido, esa noche, Él, no cualquier otro, el. Por supuesto, éramos jóvenes y él todavía era virgen. A mi me hacía sentir poderosa saber que era yo la maestra de llaves de toda la situación. No solo de Él, sino de mi casa, mi cama, mis sábanas que dejaran el olor de la victoria que me llevaría esa noche. 

Fue pésimo. Tan pésimo que a pesar de todo, a pesar del ciego amor que le tenía le pedí que se fuera. Mantuvimos una amistad sin demasiados conflictos y otros encuentros más. Nunca le dije cómo me sentía, siempre jugaba a ser la desinteresada. 

La semana pasada lo volví a ver, después de tantos años. Sus lanas rubias seguían intactas y finas cayendo por el costado de sus hombros escuálidos que sostenían una campera uniqlo. Su cara seguía casi igual, con los rastros de su acné adolescente y los brackets de los cuales no pude asegurarme si seguía teniendo o no. Nos ignoramos, estuvimos petrificados los tres minutos que el semáforo se mantuvo en rojo. Cuando empezamos de nuevo el camino, yo pegue saltitos para pasarlo y que disfrutara ver mi majestuoso culo una última vez.