miércoles, 31 de marzo de 2021

Venganzas II: una nueva esperanza

(Este es un cuento que escribí en mi primer año de la facultad y que se suponía tenia que ser otro punto de vista a partir de otro cuento que no recuerdo el nombre, pensé que podía ser venganzas pero no era)

Tranquila, no es muy grave lo que pasó. Solo que tengo una bronca guardada, no sé porque a estas alturas me parece necesario revivir, después del funeral, nuestro pasado. O más bien, nuestro comienzo, en fin, no quiero balbucear más. Vamos a los hechos. Y si no te molesta, un favor.  

¿Te acordás de esa novia que tenía Juan? ¿La última antes de mí? Aficionada de las plantas. Bueno. Yo sé que parte de lo que sucedió ahí seguro ya te lo imaginas porque formabas parte del hogar. De todas maneras, te refresco. Cuando Juan vuelve del campamento en el que se conocieron ella empezó a aparecer más. Si, a mi para ese entonces ya me gustaba. Era tedioso y molesto estar cerca de ella. Se la pasaba tocándose el pelo enmarañado que tenía. Creo que si entras ahí adentro no salís nunca más. Su manera de hablar, tan burda y simple, sin encontrarle la poesía a la vida, me entristecía. En fin, finalmente ella se va a Ginebra de intercambio y Juan queda solo ¿Pensás que estoy loca? Por supuesto que aproveche la situación. Cuando iba al trabajo pasaba por mi puerta y caminábamos juntos un rato. Él me contaba, que ella esto, que ella aquello. Que si las cartas. Ahí se me ocurrió. Y comencé a delimitar el plan. 

Yo sabía que, si el cartero pasaba por mi casa a las diez de la mañana, a las diez y diez iba a estar en la puerta de tu casa. En fin, llego el día de ejecutar el plan. A mí me venía como anillo al dedo porque tenía una cartera en forma de sobre y paseaba al perro justo por la puerta de tu casa. Además, no corría peligro porque cualquier vecino que pasaba me saludaba como si fuese de esa casa, vos durmiendo, seguro, juan y tus viejos, laburando. La cuestión es que yo pasaba por las mañanas, y una que otra carta me llevaba. A estas alturas dudo que esto te moleste, si vos también la odiabas. Me acuerdo perfecto las caras que ponías cuando aparecía con todos los ojos negros como si se hubiese convertido en un mapuche, que poca clase, y mira que yo soy pobre eh, pero así no te podés arreglar. Dios, qué épocas. 

Cuestión que mientras más cartas me guardaba mejor parecía congeniar con Juan. Era muy fácil que se olvidara de ella y de las cartas que parecían no tener sentido después de una o dos veces que yo me guarde alguna. El venía a mí, como una amiga, todo preocupado porque no entendía cuál era el problema, pero sentía que la pareja no estaba funcionando. Jugar el juego de la amiga te da facultades extraordinarias, entonces le salí con la de “si tienen problemas de comunicación, es mejor dejarse ir a este punto” y el muy boludo hizo tal cual. En ese entonces ella debatía, según él, quedarse dos años más o volver a la argentina. En ese momento yo lo mire y el ya sabía qué hacer. Lo nuestro fue rápido, no necesite mucho cortejo después de deshacerme de la colorada esta. La cosa es que empezamos a charlar más seguido, nos veíamos cuando yo te iba a visitar. De hecho, cuando nos juntábamos los tres por algún motivo siempre nos mirábamos fijo. Obvio que no te lo conté, es tu hermano, vos solo conoces lo que tus ojos te permitieron ver y lo que yo me permití contarte, antes de que dejaran de hablarle.  

Recién, después de dos años de aquellos hechos, cuando ya nos estábamos por casar, me acordé de todas las cartas. Amuchadas en mi cartera con forma de sobre en mi placard. Ese no podía ser un buen escondite. Entonces una tarde cualquiera, cuando se suponía que tenía que estar mirando revistas de salones o vestidos, encontré una caja de zapatos lo suficientemente grande para meter las cartas y lo deje en el fondo de mi sótano, cerrada con cinta scotch en cantidades industriales.  

No sé porque seguís insistiendo en que te cuente sobre mi relación con Juan. Bueno, tenes razón, es importante. La verdad te pido disculpas, viste como es una, se enamora y todas las amigas dejan de existir. Yo me sigo preguntando qué era eso que me quemaba el pecho, aquello que no me dejaba estar lejos de Juan por muchas horas. Era como un frisbee, él me soltaba para que sea libre, y yo volaba un rato, hasta que la misma composición de mi persona terminaba arrastrándose de vuelta a él y él me recibió con brazos abiertos. Siempre fue muy charlatán, yo mucha atención no le prestaba. Cuando la pareja habla de sus hobbies existe una cláusula para no prestar atención, al cabo que él tampoco me escuchaba cuando yo hablaba de Pizarnik, Negroni o Zambrano. Es más, recuerdo más de una vez que después del más hermoso sexo yo le recitaba algún poema que me sabía de memoria y cuando lo miraba, bien dormido estaba el tipo. Es un chiste, obvio que lo ame, lo amo todavía. Fue un gran compañero.  

Lo que sucedió con la colorada te va a interesar más. Yo y Juan nos casamos, todo hermoso, no te tengo que dar detalles, estuviste ahí. Después da un hermoso matrimonio llego el cáncer, como siempre, para arruinarnos la vida a todos. Te juro que yo sigo sin entender, a los suicidas, a los masoquistas, a todos esos no les cae ni una gota de mala suerte jamás. Ahora, a los que somos felices en pareja, tenemos futuro, queremos una vida mejor, nos cae un rayo especial de células malignas para matarnos a nuestros maridos y a nuestros sueños. Mira que yo creía en Dios, pero esta no se la perdono.  

Pongo el aviso en el diario sin esperar mucha revuelta, al fin y al cabo, quien lee un aviso fúnebre. Nadie. Ni se porque lo puse ahí, me hubiese ahorrado toda esta desidia. Hay un pequeño detalle que omití. Me da pudor contártelo por razones que ya sabes, siempre fui bastante íntima con mi vida sexual pero bueno aquí va. Juan lo hacía muy bien, todo lo hacía bien, lo único, siempre que terminaba, lanzaba un quejido como de un gato ronroneando o un microondas viejo: “Hmm”. Para, no te adelantes, ya vas a entender por qué te cuento esto. Y lo hacía seguido al “Hmm”, sí. Lo hacía siempre, se desperezaba y continuaba dándome placer a mí. Era magnífico, al principio fue raro, escucharlo. Pero, qué sé yo, cada quién tiene sus mañas.  

Pasa el funeral y yo que estaba destrozada ¿Viste cuándo ni las ganas de respirar, vivir, comerte un buen huevo frito a la mañana son suficientes para levantarte de la cama? Así. Des-tro-za-da. Un horror. Además, viste lo que dicen, si te sentís mal por dentro te ves mal por fuera. Un mamarracho yo. Decí que no tuvimos hijos porque el infierno que hubiese pasado esa criatura si me viese así. Menos mal digo yo. El quiso toda la vida. A mí la verdad me parecía una pérdida de tiempo. Me gustan los chicos eh, vos lo sabes. A tu nena la adoro, que me abrace, que me bese, pero tener que llevarme a mi casa y cuidarla, prefiero leerme un buen libro. Quizás leer tantas poetisas melancólicas me dejo como ese trauma. Siento que si tuviera un hijo no podría hacer todo de lo que ya hago. 

Bueno, basta de palabrería. Un día, un miércoles creo que fue, no me acuerdo. Viste que desde la edición del libro este estoy hasta las manos. La autora quería que nos viéramos en un café a las ocho para discutir los cortes del primer capítulo y yo accedí. Volví a casa como quien se mete dentro de su ataúd para no despertar nunca más. Apenas pongo un pie en la cama suena el teléfono. Era tarde. Me asuste. ¿Quién corno podía ser? Por un momento esperé que fuese Juan, atender y que me conteste su voz. Que su muerte haya sido producto de mi imaginación. En fin, te imaginaras el susto que me pegué cuando atendí y no hablaba nadie. Yo decía “¿Aló?” y nadie respondía. Cuando estuve por sacarme de la oreja el auricular escuchó, igual que él, “Hmm”. Fantasmas pensé. Fantasmas por días. Estaba tan dolida y desorientada por el sufrimiento que empecé a confundir mi vida con la ficción. Por suerte mi terapeuta me dijo que es muy normal. 

Llego a un punto en el cual ya ni quería dormir adentro de la casa. Estaba espantada. Entonces me hice una pequeña valija y me fui a lo de mi hermana. Siempre me recibe bien, ella es como yo solo que nunca se casó. Pareja tiene, pero su compañera es de esas lesbianas resentidas con el matrimonio que prefieren que cada una tenga su casa y sus cosas, igual se ven seguido. Siempre que voy hay mucho vino y olor a gato, me encanta. Vive la vida que hubiese vivido yo si no me hubiese casado. No dormí ahí más de cuatro veces. Dejó de ser el miedo por los fantasmas y para la segunda noche ya era el dolor que me provocaba dormir en la misma cama en la que dormíamos con Juan. Lo que sucede es que una noche, muy borrachas, le cuento a mi hermana porque estoy ahí. Ella, claramente mucho menos cegada y más viva que yo, al instante saca la ficha. “Pero qué boluda que sos eh! ¡Debe ser alguna ex resentida que leyó el aviso en el diario!”, me sentí tan inútil en ese momento. ¿Cómo no lo había pensado? Su nombre entró directo en mi cabeza. Lo único que todavía no me cerraba era cómo había conseguido el número de mi casa. 

No importaba eso, lo que importaba era que claramente sabía. Por intuición o por otra vía, que yo había robado las cartas. ¿Tanto resentimiento tenés que guardar para hacerme esa mala jugada, después de la muerte de mi marido? Cualquiera en mi lugar hubiese hecho lo mismo. Los amores se conquistan. El terreno del amor es todo menos sereno, es una guerra de trincheras y el que se va, pierde. Tarde mucho más tiempo del que pensaba en admitir la derrota. La verdad es que ya estamos grandes. Ósea, yo entiendo que lo que hice no estuvo bien. Hay muchas cosas que hacemos por amor o por odio y después nos damos cuenta que no estuvo bien como actuamos. Pero vengarse así, después de tanto tiempo, después de que se haya muerto mi marido, eso es malévolo. No hay otra forma de ponerlo. Por eso esta historia. Por eso la derrota. Yo sé que vos sabes donde vive. Entiendo que nuestra amistad ya no sea la misma que en ese entonces, cuando éramos culo y calzón. Pero solo quiero terminar con esto, devolverle las cartas y que sea feliz. Sí total Juan ya descansa bajo tierra. Me sigo preguntando que buscaba ella con eso. Que se yo, hay gente que solo busca venganza. A mí la verdad nunca me hizo falta, soy más utilitaria. Si no voy a recibir algo más que un gustito en la panza, no me interesa. Por eso me robé las cartas, porque a cambio de eso tuve a Juan. Ella solo me quiere ver sufrir por lo que le hice. Bueno, que sepa bien que eso no va a pasar. Estaré dolida por la partida de Juan, pero por suerte me ocupe de formar una verdadera vida todos estos años, solo espero que ella también. Solo espero que con devolverle las cartas le sea suficiente, no tengo ningún tipo de interés con esa persona. 

Yo ya te lo dije mil veces, las puertas de mi casa siempre están abiertas para vos y tus viejos. Yo sé que lo que Juan les hizo no les gusto nada, pero yo no tengo la culpa de eso. Yo siempre los quise a ustedes con locura, desde piba que tú mama nos hacia esas chocolatadas en pleno invierno y se fumaba una caja entera hablando de distintos tipos de costura. Y Juan corriendo como un loco con el monopatín y el perro que lo perseguía, qué demonio que era... 

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