viernes, 8 de noviembre de 2019

Y cuando ya no exista
roce
que de tu piel se me escape
nos volveremos a encontrar
en el rosedal 
de 
los 
deseos 
que dejamos muertos 
en el tintero
en las noches frías 
sin sabanas de mas

me ataras entre tus comisuras
con un nudo que soporte
todas las tormentas
me darás de comer 
en la cama 
tus besos hirviendo de rabia 
cansados por la espera

las pilas de los relojes 
caerán en armonía 
haciendo una 
canción imparable
de tu tentación y la mia 
sin mas que perder nos caeremos al vacío
de mi colchón viejo
y dejaremos en la habitación
olor a las palabras que nunca nos dijimos por miedo a que nos callaran la boca.

lunes, 8 de julio de 2019

Heridas que no sanan (serie autobiografica)


Si de verdad les interesa lo que voy a contarles, lo primero que querrán saber es dónde nací, cómo fue todo ese rollo de mi infancia, qué hacían mis padres antes de tenerme a mí, y demás puñetas estilo David Copperfield, pero no tengo ganas de contarles nada de eso 
J.D. Salinger, El guardián entre el centeno 
Salto de página 
El insomnio de las tres 
Era una rutina casi perfecta. Digo casi, porque era casi todos los días, algunos días, no. A eso de las tres de la tarde ya se podían escuchar los gritos. La supuesta siesta a la que toda la familia concurría parecía convertirse en un conflicto armado.  
La voz gruesa y tajante de papá retumbaba por las paredes de toda la casa. Y los llantos de mamá tratando de decir algo, nunca entendí bien qué. En ese entonces mi hermano y yo todavía dormíamos juntos, y era en ese momento en que la batalla comenzaba. Él abría los ojos y se pasaba a mi cama para que lo abrazara hasta que terminara. A veces sus lágrimas como gotas calientes de café me mojaban el pecho donde su cabeza reposaba, y yo tarareaba una canción para distraerlo de los demonios que habitaban los pasillos.  
Quizás era por eso que nos íbamos a dormir tan temprano. Nuestros ojos, abiertos como los de un búho durante la noche. A las diez en punto estábamos desmayados, "en el sobre”, como decía papá en forma cómica. Aunque de hecho nadie se reía. 
Fue solo una vez que no resistí y me animé a ir al baño. Intenté que no me vieran, pero me vieron igual. Desde aquella vez no discutieron más cuando se suponía que deberían estar durmiendo la siesta. Recuerdo que mamá me invitaba a dormir con ella y papá se aislaba en su escritorio, a revisar sus escritos y quién sabe qué.  
Cuando me hice más grande me fui del cuarto. Mi hermanó quedó solo. Y cada vez que nos mirábamos, en el brillo de nuestros ojos se podía leer el secreto que ambos escondíamos. Que sabíamos que no se querían, que sabíamos que papá no era bueno y que mamá sufría. Pero nunca dijimos nada, parecía inútil tratar.  

Hoy, mi hermano y yo ya no dormimos la siesta. Es imposible. Quizás fueron esos años de tortura auditiva que nos hacen recurrir a distracciones cuando después de comer la familia duerme y nosotros seguimos despiertos. Tampoco nos encontramos, y creo que es porque no nos gusta acordarnos de esas tardes que pasamos juntos, abrazados en mi cama, con su cuerpo sacudiéndose como dos placas tectónicas que chocan, y el mío firme como una roca.  
Hace algunos años volvieron los gritos. Pero desde mi cuarto ya no se escuchan. Lo que sigo esperando es el golpe en la puerta y mi hermano del otro lado, buscando refugio en quien lo fue durante aquellas tardecitas llenas de miedo. 
Salto de página 
Caída libre 
¿Como la vas a dejar sola a la nena, no te acordás lo que pasó la última vez?  
Mis pies helados, entrelazados en las sábanas, escuchaban su eco. No les gustaba que estuviese sola. Siempre algo me tenía que pasar. Ya varias veces, entre distracciones y obligaciones, me encontraban llorando, con un chichón naciendo del medio de mi frente. Todavía, si cierro con fuerza los ojos, puedo ver el brillo azul de las lágrimas en sus pupilas, llevándome a upa hacia la sala de emergencias. 
Solo buscaba que se preocuparan. Que sus labios se endurecieran, que me miraran con deshonra y con la mano en alto, pegaran un grito al cielo y me retaran. Pero confiaban más en mí que yo misma. Entraron con sigilo y me despertaron. Aunque nunca me había dormido. 
Desde la cama parecían aún más grandes de lo que seguro eran. Me asusté por un momento. Las manos de ella todavía temblaban y él las sostenía. Sus ojos esta vez no llevaban lágrimas, sino el más triste consuelo de saber que su hija estaba bien. Luego del silencio más ensordecedor, él se aproximó lentamente. 
Mamita, de ahora en más vas a ir de la mano de mamá cuando caminemos por la calle, no es seguro para vos. La frente hirviendo y los paños de la cabeza solo confirmaban lo débil que era, lo pequeña. Asentí con tranquilidad, sin oponerme. 
Salto de página 

Acto de apertura 
Yo sabía que desde el lente papá nos espiaba. Aunque años después la foto fue desterrada como tantas otras a esa cajonera de recuerdos que reposa en la esquina de la habitación y que nadie se atreve a abrir.  
Los alrededores reflejan movimiento, inicio de clases. Y mi cabeza gacha tratando de evitar algo que eventualmente pasará, contando cuántas baldosas son negras y cuántas son blancas. La mano de madre posando sobre mi espalda, refugiándome del infierno que para mí era ir a la escuela. El uniforme incómodo, la mochila pesada, las pocas horas de sueño, la oración a un santo cada mañana. Todo eso me atemorizaba, aunque en aquel momento quizás no lo sabía.  
Ella siempre había sido más fuerte, siempre me había motivado a superar cualquier obstáculo. Su cabeza en alto, hablando a lo lejos con la madre de alguna compañera. A ella tampoco le gustaba mucho la lógica de madres de colegio. Madres de bien. Madres que toman él té una vez por semana. Ella siempre fue distinta. Los colores claros de su ropa reflejando esa luz que intenta iluminar mi camino, en contraste con el monocromático y oscuro uniforme que me veía obligada a usar. 
En el fondo, padres que presencian el acto de apertura, pero que no quitan de foco lo que la foto invoca. La mirada perdida de una niña que no sabe bien a dónde se está adentrando, que está en el precipicio de las contradicciones de los colegios religiosos, todavía actuales. “Dios te ama, portate bien”. Mandatos de una figura a la que nunca supe por qué le hacíamos caso, si no la conocíamos.  
Papá estaba sacando fotos del momento, siempre le gustó capturar estas secuencias. Guardarlas en un cajón para que vivan por siempre. Es, cada tanto, que yo me acerco al cajón, y permanezco unas horas observando los días soleados de mi infancia